¿Qué son los mecanismos de defensa?

Ante una situación de riesgo, un animal la resuelve instintivamente mediante dos reacciones básicas: huida o ataque. Pero los seres humanos contamos con la capacidad de razonar y abordarlas mediante respuestas conscientes, que se denominan “estrategias de afrontamiento”. Capacidad de acción, razonamiento y seguridad son su base. Estas tácticas multifuncionales y adaptables nos permiten moderar las emociones, disminuir el malestar y librarnos del peligro.


Sin embargo, no todas las situaciones se registran siempre de modo consciente y nos permiten dar una respuesta adecuada. En algunas ocasiones, estamos expuestos a momentos de estrés, ansiedad o angustia que devienen de amenazas externas o nos enfrentamos a recuerdos u emociones inaceptables. Cuando se vivencian con una intensidad extrema, imposible de conciliar por la conciencia, nuestra psiquis produce otro tipo de respuestas. Se disparan sin avisar y proporcionan una especie de refugio.

El psicoanálisis denominó “mecanismos de defensa” a aquellos procesos mentales inconscientes encargados de minimizar las consecuencias perturbadoras. Falsifican o distorsionan experiencias para que sean más aceptables y permitan conservar nuestra autoimagen, así como afrontar la realidad de alguna manera.

Las personas solemos usar diferentes defensas a lo largo de la vida. Son necesarias y se desarrollan desde niños, cuando no contamos con los recursos necesarios para lidiar con el dolor. Su función consiste en proteger el equilibrio emocional, permitir el desarrollo de la personalidad, facilitar la socialización y el contacto con la realidad. Solo devienen patológicas cuando su uso persistente conduce a un comportamiento inadaptado que afecta negativamente nuestra salud física y la visión de la realidad.

Algunas defensas y su funcionamiento

Negación: consiste en ignorar o desconocer una situación demasiado intensa para protegernos de una emoción desagradable. Por ejemplo: una persona recibe el anuncio de un despido y “olvida o niega” el haber recibido la información.

Sublimación: se transforman deseos frustrados (especialmente deseos sexuales) en actividades sustitutivas, productivas y aceptables socialmente. Por ejemplo: el deseo de un niño por la exhibición puede sublimarse mediante una carrera en teatro.

Formación reactiva: se cambia un impulso inaceptable por su contrario, de manera exagerada. No solamente se reprime lo intolerable sino que se trasciende operando con un comportamiento opuesto para evitar que salgan a la luz los verdaderos deseos.  Por ejemplo: una señora que vive sus impulsos muy crueles contra la novia de su hijo, se muestra excesivamente compasiva y generosa frente a su presencia.

Regresión: se refiere al retroceso a hábitos o momentos anteriores menos exigentes. Cuando estamos frente a fuertes presiones o atemorizados, nuestros comportamientos o actitudes pueden tornarse más infantiles o primitivos. Así, se siente tranquilidad al esperar que alguien tome nuestras responsabilidades u obligaciones. Por ejemplo: ante la llegada de un hermanito, el primogénito vuelve a mojar la cama o a chuparse el dedo.

Proyección: una característica negativa que rechazamos de nosotros mismos se traslada a otro sujeto o situación y deja por fuera de uno el conflicto. Por ejemplo: esta reacción puede aparecer en discusiones, cuando se hacen acusaciones o se le reprochan a los demás, cuestiones que en verdad nos pertenecen.

Racionalización: se sustituye una razón objetable por una aceptable, a partir de excusas y justificaciones. Utilizamos esta defensa cuando se quiere justificar una conducta o cuando las razones verdades ocasionan miedo, angustia o ansiedad. Por ejemplo: un estudiante no presenta un trabajo a tiempo porque la biblioteca estaba cerrada, la impresora no funcionaba y se había quedado sin Internet.

Represión: consiste en alejar de la conciencia todo aquello que nos resulte penoso, rechazándolo, aunque nunca del todo ya que queda en el inconsciente. Por ejemplo: aparece ante recuerdos tormentosos o cuando se quieren evitar deseos peligrosos.

Aislamiento: se disocia el afecto de la situación para poder soportar los hechos. Se puede contar una situación desagradable como indiferente. Aparece separado aquello que, en realidad, está unido. Por ejemplo: una persona puede contar una situación traumática sin carga afectiva, y sin conexión con hechos semejantes, dejando alejada la posibilidad de asociaciones que puedan vivirse como indeseables.

¿Qué hacer?

Es posible reconocer y analizar estos mecanismos, aunque probablemente no advirtamos su presencia en el mismo momento en que se ponen en funcionamiento. Estas operaciones no son perfectas y dejan pistas, ya que las vivencias y afectos no se borran.

El detectarlos posibilitará elaborar (desde un plano consciente y reflexivo) las situaciones tensionantes que implican. Así, se podrá brindar una respuesta afrontativa y sana que facilite el retorno al equilibrio emocional. Espacios terapéuticos, de introspección y reflexión son buenas guías para atravesar este recorrido.