Cómo lidiar con la crisis de los cuarenta

“El miedo a envejecer nace del reconocimiento de que uno no está viviendo la vida que desea. Es equivalente a la sensación de estar usando mal el presente”. La frase de Susan Sontag se devela fatal en esas personas que padecen la tara de la época, acaso la imposibilidad mayor del ser humano: quieren frenar el tiempo.


Pero si a las mujeres se las condena con cada inyección de bótox que provoque una hinchazón ahí donde hubo un rasgo, ¿qué pasa con esos hombres eternizados en una juventud tardía? No se habla de sesentones con cabelleras de un caoba imposible ni de abuelos que, aun con el cinturón por encima del ombligo, se esfuerzan por imitar las expresiones de “la juventud de hoy”. Más bien, del tipo común poco antes o poco después de los cuarenta, para quien el cumpleaños se convierte en una bisagra: si es cierto que los veinte y los treinta fueron las décadas de la experimentación, los cuarenta nos encontrarán hundidos o dignificados.

“Ya no digas ‘no puedo cocinar’, abandoná las remeras rockeras, no salgas con alguien de veinte”: al llegar a la quinta década de su vida, el crítico cultural inglés Sam Leith aceptó el desafío del diario The Times y compiló “las reglas masculinas para envejecer con gracia“. Si es cierto que de nuestros padres no se esperaba que pudieran preparar más que unos fideos con manteca, el hombre adulto-moderno es el primero de la historia para el cual la experiencia gourmet se hace carne como una habilidad tan valorable como cambiar un cuerito.

En el desigual reparto entre músculos y grasa, esa vieja remera de Nirvana hará que el flamante cuarentón se vea flaco en hombros y grueso en abdomen. Y, aunque a los ochenta pueda interpretarse como un último acto irónico, el noviazgo con la de veinte a los cuarenta no hará más que abrir una grieta en los grupos de amigos, siempre que ellos codicien la conquista flamante y sus mujeres la odien.

Acaso como prueba de iniciación para la segunda mitad de la vida, la madurez exige un equilibrio complejo en su persecución de la gracia digna. Es la época para abrazar la práctica de un deporte en equipo, de abandonar el skate y las motos de alta cilindrada, de añorar el boliche más que de amanecer adentro, de controlar el crecimiento descontrolado del pelo justo en las zonas del cuerpo que deberían permanecer lampiñas y de llevar la calvicie con orgullo, jamás disimularla con artilugios: como las arrugas, cuesta una vida conseguirlas.

Si es cierto que los cuarenta son la oportunidad para que un hombre asuma que ya no es adolescente, que sea un motivo de alivio más que de pena: ¿quién querría volver a luchar contra el acné? ¿O disimular una polución descontrolada? ¿O esmerarse por ser el más popular de la clase? Que se disfrute la adultez y que el presente sea eterno mientras dure: así, la de los cuarenta por fin será la década ganada.